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Taller de lectura y escritura.

jueves, 30 de enero de 2014

Palabras de Mercedes

Frente a la persiana cerrada, la puerta chica con un cartel absurdo: cerrado por cuestiones edilicias y por falta de luz (y eso que es un edificio nuevo eh, en el de antes se te caía el techo encima en cualquier momento).
Entonces yo, bien guaranga, lanzo: que país de mierda!, lo que hace que el señor que también miraba las persianas cerradas del Pami me mire con un no se qué, con un toquecito de admiración, creo, ya que tengo el coraje de decir lo que él mismo está pensando. Inevitable acordarme del cuento de Pablo,  si gente, vuelvo a decir que país de mierda, es todo una cagada, porque si en la farmacia me dicen que vaya al Pami, y a su vez ellos me mandan a la farmacia, ¿me pueden decir que carajo hago?
En fin, trato de reflexionar, este año me pude ir unos días de vacaciones a Mardel, la pasé bien, con afectos, con días de playa de treinta y pico de grados en que sólo se podía estar en el agua porque la arena quemaba, pero yo me decía, Mecha, esto es lo que querés ¿no te quejás siempre del frío de la costa Argentina vos?, y si, la pasé bien, entonces no me cuesta tanto encarar las persianas cerradas del puto Pami, ni la suba y liberación del dólar porque en realidad mucha plata para comprar dólares no tengo, lo que espero es que me alcance para comprar los alimentos vitales que subieron de precio tan arriba cómo la bandera patria en los días festivos, bien alta en el cielo.
Lo mismo, me puedo quejar, me puedo mover, y pienso en los viejos del Pami que no tienen a nadie que les haga el trámite, yo porque soy una jubilada nueva digamos, desde hace un año, pero los viejitos de verdad tendrán que ir una y mil veces a hacer un trámite? seguro que si, que otro remedio, en fin, voy a tratar de tomármelo con calma, llenar la Pelopincho y darme un chapuzón reparador para no seguir renegando con los problemas cotidianos, no vaya a ser cosa que me suba la presión y ¡justo me quedé sin remedios por culpa de que en el Pami me mandan a la farmacia y en la farmacia me mandan al Pami que está cerrado !   ¡Ah, otra cosa, el dedo me quedó mocho de llamar al 138 Pami escucha!, ¡Falaz mentira, no escucha un carajo!

 Mercedes Bianchini, enero 2014


sábado, 25 de enero de 2014

Música celta en la presentación de Líneas Cruzadas

Hola!
Les comparto un par de videos de la presentación de Líneas Cruzadas, con los temas de música celta.
Pueden verlos en estas direcciones de youtube:
http://www.youtube.com/watch?v=iRWAkk17HX4
http://www.youtube.com/watch?v=s_CmuVXJlKs&feature=c4-overview&list=UUQ7AJZBd43joaQlyHbvSxZQ

Cariños,

La Gallega


viernes, 6 de diciembre de 2013

viernes, 22 de noviembre de 2013

Caigo

 Caigo. Con la imaginación resbalo hacia una oscuridad donde deja de existir el presente. Los dolores de huesos en la cintura, actuales, me recuerdan a otros, lejanos, que quieren salir a la superficie, lúcidos y claros: los dolores de cuando estaba pariendo. Es como sentir de nuevo las fuerzas desde mis entrañas y los gritos que se quedaban adentro, antes de aflorar porque: "de nada sirve gritar, m'hija, que lo único que le va a quitar son las fuerzas para seguir pujando". La partera que murmuraba en mi oído era grande y corpulenta como un árbol verde y frondoso, esos que se ven en las postales y una quisiera tocarlos para llenarse de frescura. Sí, esa era la sensación que me daba la imagen de la mujer de delantal blanco y sonrisa amplia, en medio del dolor que quebraba mi cintura y mi pelvis. Ese único consuelo.
Por un instante que se quedará por siempre dentro de mí, vi a mi hijo. Colorado, largo, salió llorando aún antes de marchar fuera de mis entrañas, como para tranquilizarme y decirme que ya estaba allí, pronto a sentir mi piel, palparme, succionar de mis pechos el alimento, conectarse con mi ser desde fuera de mi cuerpo, el que había habitado nueve meses. Me miró con esos ojos de extraña y lejana sabiduría que nunca, por más que lo intenté una y mil veces, pude olvidar.
Después llegaron los días del tormento, la angustia, que no se ve, ni se habla, desgarra por dentro y obliga al silencio resignado de las mañanas que traen la esperanza para todo el mundo menos para una. Las mañanas del día después que alguien comunica con voz apenada que el niño se fue, que se murió, que tal vez sea mejor eso y no que sufra más tarde, que una extraña deformación en el corazón, o en el vientre, o en el hígado, lo arrebató de mis brazos, aún antes de que pudieran cobijarlo.
Lo demás fueron horas, días, semanas que luego devinieron en años,  en donde sólo habité el espacio del desequilibrio, la desolación. La ausencia llenaba todo, como la esperanza había colmado cada uno de los días de la espera, algodón y tersura, nada más.
Hace apenas un par de minutos que recibí un llamado. Primero me sobresalté, pensé tal vez en alguna vieja amiga con algún viejo problema que volvía ese miércoles a la noche, pero no. Una voz de hombre que me traía reminiscencias que no alcanza a distinguir de que o quien, preguntaba por mí, si estaba en casa, si podía hablar con él. Fue en ese instante que comenzó la caída, ese resbalarme hacia la oscuridad en donde, sin embargo, se adivina un pasillo luminoso.
La voz, queriendo hablar sin lastimar, precavida, con mil y un resguardo me contaba despacio, dándome tiempo a la esperanza, que él, mi único hijo, al que vislumbré apenas hace cuarenta y tres años, estaba allí, del otro del teléfono, que estaba vivo.
Los días de la juventud se miden rápidos, se alejan con su carga subyugante de soberbias y alegrías, los días del dolor en cambio, comienzan a hacer nido en la vejez que empieza, son los días que se multiplican en preguntas sin respuestas, en fijarse en otros cómo podría haber sido el hijo si hubiera vivido. Cómo hubiera ido cambiando el color de pelo, de piel, de ojos, cómo sería su manera espontánea de reír, o de abrazar o de correr a los brazos ansiosos que lo esperaban. Un cajón blanco cerrado es el fin de la esperanza, de la alegría, y más, cuando al pasar los años el milagro de patadas dentro del vientre no vuelve a repetirse.
Y él ahora así, llega irrumpiendo en el principio del ocaso, regalándome la vida de nuevo.
Dejo el teléfono con las manos que tiemblan todavía, me recuesto en el sillón que uso para ver televisión y los rostros severos de mis padres me sacuden la cabeza como si él, el hombre de la casa, el que todo decidía sin siquiera levantar la voz, volviera a pegarme esa cachetada que me dejó en el piso cuando les dije que estaba embarazada, hace ya infinidad de años. Cómo si hubieran vuelto ambos de la muerte, esa sí, muerte verdadera.
Me acomodo despacio y reposo la cabeza arriba del almohadón que alcancé a poner debajo, y recuerdo que el padre de mi niño era un hombre cariñoso y amable, en donde encontré ternura, amor, todo eso que con mis padres me faltó. Jamás una barrera entre él y yo, acercó caricias y comprendió cada una de mis rebeldías adolescentes, fue tanto lo que dio, que nunca me importó lo que sabía desde el principio: que él era casado. Jamás le pedí que dejara a su mujer, jamás me hizo falta porque con él tenía todo lo que necesitaba, en esos atardeceres de color violeta, que se confundían con sus manos generosas y sus oídos siempre atentos a lo que yo necesitara.
Llaman a la puerta temprano, es la mañana después del día en que mi niño hombre me llamó por teléfono. Corro presurosa a abrirle. Antes elegí la ropa para la cita más importante de mi vida. Cuando lo veo un amago de mareo zumba en mi cabeza, me repongo enseguida para abrazarlo y retenerlo hasta que él se canse y me aparte, deseosa de recuperar el tiempo perdido. Me cuesta desprenderme pero las ganas de mirarlo y encontrar parecidos se torna perentoria. Lo miro una, dos, cien veces y veo en los ojos la extraña sabiduría de cuando vino al mundo, en su rostro los rasgos del padre, del que tanto tiempo hace que no se nada, nos sentamos aún con las manos unidas, él también me observa, trata de sonreir y sin embargo, el contorno de sus ojos enrojece antes de que se le llenen de lágrimas que no alcanza a derramar.
Cuenta, me cuenta, con tanta calma cómo le es posible que el hombre que amé lo llevó lejos de mi, tras las amenazas de mis padres de darlo en adopción a cualquiera, la esposa de él, su verdadero padre, lo adoptó y lo quiso como suyo. Ella murió hace apenas unos meses y allí se enteró de la verdad. De la crueldad de sus propios abuelos, a los que les importó poco matar mis esperanzas, sumirme en el dolor más absoluto, en vez de soportar "el escarnio" que sería para la familia, que yo tuviera un hijo sin estar casada.
Pasamos hablando un largo rato, luego callamos y no nos hace falta más, mis manos acarician ese rostro de hombre como no pude acariciarlo de niño, rescato de sus ojos el tiempo perdido, de pronto se borran cuarenta y tres años como si un huracán hubiera pasado para limpiar la angustia que me ensució por aquellos días. Lo miro, lo beso y descubro que al fin, volveré a tener tantas esperanzas y emociones que tal vez hasta logre perdonar a mis padres, los que me vieron desgarrar los terrones de tierra para hundirme con mi niño, junto al pequeño cajón blanco, que ahora supongo, estaba vacío.

Mercedes Bianchini, noviembre de 2013